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Columnista Londres y Aleppo Como el resto de ecuatorianos, acompaño desde lejos a nuestros atletas olímpicos, cerrando los ojos y batiendo las palmas, incluso dejando caer una lágrima.


Londres y Aleppo

En estos días, se me hace muy difícil despegarme de la pantalla de televisión, transmitiendo imparablemente los Juegos Olímpicos de Londres, que por primera vez en su historia tienen representantes mujeres en cada uno de los equipos.  ¿Vieron a la judoca con velo islámico?   

Competencias múltiples, categorías y disciplinas de las que poco o nada sé, pero invariablemente bellas, llamándonos a reflexionar hasta dónde el hombre y la mujer pueden ejercitar su cuerpo y espíritu para bordear la perfección. 

Como el resto de ecuatorianos, acompaño desde lejos a nuestros atletas olímpicos, cerrando los ojos y batiendo las palmas, incluso dejando caer una lágrima.  No fui la única que lloró al ver el esfuerzo de Alexandra Escobar, novena en el mundo, la mejor en el continente americano, y la alegría –en cambio– de ver ganar al boxeador Carlos Quipo,  aun cuando muchas veces me haya cuestionado si el box debe ser un deporte.  Pero, ¿quién soy yo para hacer críticas en tal sentido?  Desde chica me he caído en las bicicletas, soy mala en las carreras y  jamás fui admitida en ningún equipo. Tuve que admitir que eso no era lo mío, aplaudiendo con alegría a quienes tenían ese talento deportivo, que hoy alcanza su cúspide en la competencia de Gran Bretaña. 

Solo que esta fiesta olímpica, en un Londres portentosamente hermoso, contrasta radicalmente con la guerra sin cuartel en Siria, que ahora destroza la ciudad de Aleppo. No puedo permitirme que las imágenes se sucedan uno y otro día logrando el pavoroso efecto que puede traer la costumbre; como si fuese normal la matanza de seres humanos, como si fuera entendible acabarse entre hermanos, entre gente de la misma geografía y similar cultura.  

Qué  puedo hacer a más de rezar, me pregunto. Y me respondo: no  mirar sin ver, no encadenarme en la pena sino dar paso a la indignación y con suerte contagiar a otros para alcanzar una conciencia  colectiva que permita el cambio.   Tal vez así logremos que los líderes mundiales alcancen finalmente una negociación que ponga fin al baño de sangre y la guerra, misión sin una cabeza por ahora, tras la renuncia de Kofi  Anan. No miremos la ausencia de un líder, sino la posibilidad de que llegue otro con mayor éxito.  

Incluso en Londres se habla de sucesores, en este caso  de Michael Phelps,  coronado como el más grande deportista olímpico de la historia con 20 medallas sobre su pecho (hasta el momento de escribir este artículo).  El tiburón Phelps, como lo llaman por su genialidad en el agua, está por estos tiempos cada día en el televisor de mi casa.  Sus brazadas son gigantes, su sonrisa vampirescamente tierna.   Solo que el televisor sigue prendido cuando llegan las noticias y  el turno de Siria está intacto.  Es tiempo de mi olimpiada mental; debo intentar ganarle la carrera a lo pavorosa que puede ser la costumbre.    

POR TANIA TINOCO 
Periodista y Directora de Telemundo, Ecuavisa

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