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ACTUALIDAD JUAN PABLO II: a un paso de la santidad En un acto sin precedentes, el recordado pontífice fue beatificado por su sucesor, Benedicto XVI. Ahora es necesario confirmar un milagro más para que sea proclamado santo.


JUAN PABLO II: a un paso de la santidad

Texto y fotos: Alexandra Zurita Andrade. azurita@vistazo.com

FUE UN 1 DE MAYO DISTINTO a los anteriores. La fría y lluviosa madrugada se convirtió en un domingo de cielo azul con un sol brillante. Ese día Roma despertó con cientos de miles de personas de diferentes nacionalidades caminando por sus calles con un solo objetivo: llegar lo antes posible a la Plaza de San Pedro en El Vaticano para presenciar la beatificación de Juan Pablo II. El Papa polaco que le dio un nuevo rostro a la Iglesia católica por más de 25 años, que acercó las prácticas evangelizadoras a los más jóvenes, que se convirtió en uno de los protagonistas de la historia y que supo utilizar los medios de comunicación a su favor para llevar el mensaje de Cristo al mundo entero. En estos últimos diez años tuve la oportunidad de asistir a dos ceremonias similares, pero nada se compara a lo que pude vivir en esta ocasión. La prensa y las autoridades italianas lo confirmaron: un millón quinientas mil personas presenciaron el acto litúrgico que le dio el título de beato a Juan Pablo II. Ahora, en el mismo lugar en el que durante sus honras fúnebres hace seis años todos pedían a gritos que se lo proclamara santo de inmediato, yo escuchaba aplausos, canciones y vivas, y veía lágrimas y abrazos emocionados porque, finalmente, él estaba a un paso de la santidad.


Más de lo que se esperaba
Inicialmente, se estimaba que hasta la capital romana llegarían entre 300 y 500 mil personas, cifra que empezó a elevarse prudentemente el sábado 30 de abril cuando los aeropuertos de la ciudad, la estación del tren y las carreteras empezaron a llenarse de gente. Hasta el más optimista de los cálculos rebasó las expectativas. A las 4h30 ya estábamos en la estación esperando que llegara el primer metro que se había habilitado para poder dirigirnos a San Pedro. Los vagones venían llenos y no pudimos subir. Con cada minuto que pasaba, aparecían más personas y en las caras de todos se veía la inquietud por lograr un lugar en el siguiente metro. Sin pensarlo dos veces, entramos a empujones. Ahora, visto a la distancia, me parece increíble que los cientos que estábamos allí nos hayamos hecho un lugar dentro de un metro en el que fácilmente se veía que no había ni un espacio para alguien más. Horas después supe que muchos tuvieron que ir a pie hasta El Vaticano. Ya en la calle, aún se sentía el frío de la noche, pero el entusiasmo que se percibía dejaba de lado eso. Lo que siguió fue bastante duro, pues era complicado encontrar una entrada a la plaza. Muchos no lo lograron y debieron conformarse con ver la ceremonia desde sus hoteles o desde las pantallas gigantes colocadas fuera de varias iglesias de Roma. Estábamos lejos de la Basílica y parecía que tendríamos que quedarnos allí, pero después de estar una hora de pie sin movernos, de un momento a otro, cientos comenzaron a avanzar y era imposible detenerse, ya que la marea humana nos llevaba. Y así, a empujones, llegamos a la plaza que ya estaba de fiesta aunque faltaban horas para que todo inicie. Estuve junto a un grupo de polacos que no podían creer que hubiéramos viajado desde tan lejos para estar allí. Vi a ecuatorianos que agitaban sus banderas. Y a mi alrededor, italianos, franceses, mexicanos, argentinos, nigerianos... gente diversa que coreaba al unísono el mismo nombre: Juan Pablo II.

El santo de todos
En unas pantallas gigantes ubicadas en varios sitios de la plaza y a lo largo de la vía principal, se podían ver imágenes del recordado Papa viajero durante su peregrinar por el mundo. Mientras se realizaba la “Preparación para la celebración”, que consistía en oraciones, reflexiones y cantos en distintos idiomas, tomaban sus lugares los invitados especiales, entre ellos la hermana Marie Simon Pierre, cuya curación del mal de Parkinson se convirtió en el milagro que permitió esta beatificación. Poco después se dio inicio a la procesión de entrada y apareció la figura de Benedicto XVI, quien de inmediato comenzó la misa. Le siguió el Rito de Beatificación con el pedido formal que realizó el cardenal Agostino Vallini para que Juan Pablo II sea nombrado beato y leyó una breve biografía que fue interrumpida varias veces por los aplausos de los fieles. Entonces, el Papa Benedicto pronunció la fórmula de beatificación que dio paso al develizamiento del cuadro con la fotografía del nuevo beato, que colgaba desde aquel balcón en que Juan Pablo II pronunció sus primeras palabras al mundo tras convertirse en Papa y desde donde muchas veces impartió su bendición en Navidad y Pascua. Los gritos, los cantos y las alabanzas fueron la tónica de ese momento. Las banderas flamearon con intensidad, pero no con la misma con que latían los corazones y brotaban las lágrimas de los millones que estaban allí, cautivados por la sonrisa y la mirada de la imagen que dominaba la gran Plaza de San Pedro.



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