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AQU Y AHORA Lo viajado Mi Amelia suele reclamarme por los viajes. A su papá y a mí nos suma y resta las salidas y los destinos, evidenciando su queja por salir menos favorecida en el conteo.
Tania Tinoco, periodista y directora de Telemundo


Lo viajado

Por Tania Tinoco
Periodista - Directora de telemundo

Lo viajado

Mi Amelia suele reclamarme por los viajes. A su papá y a mí nos suma y resta las salidas y los destinos, evidenciando su queja por salir menos favorecida en el conteo. Intento no discutir con una adolescente de 14 años y le respondo con el tono más dulce posible, que ya le llegará su tiempo. En verdad el tiempo llega, para todo.  

Mis hermanos solían burlarse de mí cuando de pequeña soñaba con ser azafata. Sí, azafata. Cuando me preguntaban entonces las razones, respondía que quería viajar y conocer el mundo... Quien creería que, en alguna medida, lo he conseguido (aún cuando me falte por conocer Oceanía y buena parte de África).

Soy feliz recorriendo remotos lugares, con mayor o menor belleza que el Ecuador mío, con amaneceres luminosos y ocasos con lluvia; aromas extraños, sabores sorprendentes y gente distinta... Poner mis pasos en lugares donde se hizo historia; fijarme en las risas despreocupadas de los niños, darme cuenta de la fe de los mayores.  Emulando a los lugareños,  rezo a su modo, inclinándome en sus templos, reverenciando sus imágenes sagradas, convencida como tantos otros, que existe un solo Dios, con muchos nombres.  Un amigo en Roma me calificó como “Deista” y, de alguna manera, lo acepto, porque he aprendido a no hacerme líos con las definiciones, tampoco con las palabras (siempre que no haya la intención de hacer daño) y cuando eres forastero debes aceptar que aquello que dices puede tener otros significados en los templos donde se venera al mismo Dios con otros nombres.   Así me enriquezco,  entendiendo y aceptando que nadie es mejor o peor, ni más ni menos, solo distinto. 


Al salir de tu entorno y geografía  te obligas a ser más tolerante, prudente, respetuoso... Cuando nadie sabe quién eres, simplemente eres y al reconocerte y admitirte, es posible convertirte en un turista que se enriquece, porque te has entregado a esa danza incesante de los sentidos, agudizados ante lo desconocido.


En este último viaje me familiaricé con el lemongrass o hierbaluisa asiática; la usan en cada plato, fresca, hecha picadillo sobre las sopas con leche de coco y tajadas de jengibre. El picante puede jugarte un mal momento, pero he aprendido que un poco de azúcar o pan, alivia el fuego de la boca. Lo que no se alivia en este destino del sudeste asiático donde he llegado, es el  recuerdo de 230 mil muertos en el tsunami de 2004, que afectó a 15 países de la zona,  tras el terremoto de 9.2 grados de intensidad en Sumatra. En pueblos costeros de Malasia y Tailandia, la gente local no pierde oportunidad de contarte hasta dónde llegó el mar... En la playa de Patong, en Phuket, los almendros y palmas son jóvenes y los muelles nuevos y el viejo y temido mar turquesa apenas acaricia los cerros tejidos de arboledas.  Yo estaba en Zurich cuando ocurrió la tragedia y me prometí que un día haría una plegaria en uno de estos lugares castigados por su mar, el mismo que les provee alimento y vida.

Procuro viajar ligero, con una sola maleta y espacio para los recuerdos; preparada para la queja eterna de mi esposo que soporta el peso de las compras y el peso que yo misma le significo.  Por eso le agradezco siempre cuando volvemos a casa, aunque de inmediato le pregunte cuándo nos vamos otra vez.

Lo bailado nadie te lo quita, dicen nuestros mayores... Lo viajado tampoco.  Está en el arcón de tus recuerdos, esperando el momento de llevarte de vuelta con los ojos cerrados y los sentidos abiertos. Cuidado entonces de guardar allí aquello que no merece permanecer, recordar, vivir...

Si hay un regalo que siempre quiero, viajar lo es, así de simple. Doy gracias a la vida por lo viajado y por la mano cálida que me acompaña y me promete más.


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Edición # 615 - 13 de noviembre de 2015

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