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AUTOAYUDA Mamás que trabajaban: Entre la culpa y la calma Angela Marulanda, experta en educaciÛn familiar, habla sobre una realidad com˙n y aconseja priorizar el tiempo con los hijos, el cual es tan valioso como irrecuperable.
Por Dágueda Salgado Ordóñez


Mamás que trabajaban: Entre la culpa y la calma

SER MAMA ES MARAVILLOSO, pero dentro de los gajes de este oficio, así como hay situaciones que te alegran inmensamente, hay otras que te entristecen quizás más. Cuando terminó mi licencia de maternidad, casi a los 3 meses de disfrutar a mi pequeña todo el día, tuve que regresar a trabajar. Ese lunes lloré desde que cerré la puerta de la casa hasta que llegué a la oficina. Cuando mis compañeros me preguntaba sobre mi bebé, era inevitable que derramara alguna lágrima… Y es que tenía una mezcla de sentimientos: por un lado, la culpa de dejar a mi indefensa hija al cuidado de otra persona que no era yo; y por otro, la impotencia por tener que trabajar, y privarme de estar con ella  durante largas horas. Sin embargo, han pasado casi 2 años de mi retorno laboral, y aunque me apasiona mi rol profesional, todavía sigo sintiendo esa extraña confusión. Por eso, cuando entrevisté a la reconocida colombiana Angela Marulanda; conferencista, educadora familiar y consultora en temas relacionados al fortalecimiento de las relaciones con los hijos; lo primero que le pregunté fue ¿cómo no sentir culpa?  Ella me sonrió y me dijo: “No existe una fórmula mágica para evitarla. El sentimiento de culpa es un llamado de que estamos haciendo las cosas mal. Las madres que trabajamos tenemos vinculada la maternidad y la oferta laboral como algo normal, pero cuando le dedicamos más al desarrollo profesional que a los hijos, el episodio se vuelve anormal y crónico. En la actualidad, todo se vende como oportunidades, pero, a veces, son tentaciones escondidas; por lo que, en cierto casos, es necesario renunciar a algo que nos provoca, por otra cosa que nos otorga la tranquilidad de la conciencia”, afirma esta destacada orientadora y madre de 3 hijos (Patrick, de 38 años; Johanna, de 35; y Richard, de 28) y  de una sobrina (Alexandra, de 34). 

"En la actualidad, todo se vende como oportunidades, pero, en ciertos casos, es necesario renunciar a algo que nos provoca, por otra cosa que nos otorga la tranquilidad de la conciencia..."

Momento de priorizar 
La especialista enfatiza en que hay que estar presentes en la vida de los hijos el tiempo suficiente. Si uno está dos días dedicado a ellos y luego se desaparece una semana, no sirve. “Podemos hacerlo todo, pero no al mismo tiempo. Si tenemos pequeños, menores de 18 años, que nos necesitan aún más, hay que organizarnos con ciertas limitaciones, así tengamos que bajarnos del estándar de vida al que estamos acostumbrados, de manera que contemos  con las horas suficientes para ellos, caso contrario, lo vamos a lamentar el día de mañana.  Por ejemplo, si ahora te dicen que se va a acabar el mundo y puedes salvar una sola cosa entre tu profesión, tus bienes o tu  familia ¿qué dirías? Ni lo piensas un segundo, tu respuesta, como la de todas las madres, es la familia, ¿verdad? Entonces, si los hijos son lo primero, hay que sacrificar, en cierta medida, el progreso profesional, para poder hacer más cosas para estar con ellos. Eso se llama priorizar. Así como no dejas tus joyas con la desconocida que va a arreglarte la casa, no debes dejar a los niños con alguien que no conozcas bien… Lo más grave de los padres que los dejan en guarderías es que llegan tan acosados con la culpa que no pueden poner límites. Tratan de complacerlos en todo y los muchachitos se aprovechan de eso… A las 9 de la noche le dan una palmada en la nalga para que se duerman  porque ya no pueden más con sus exigencias y la calidad del tiempo se vuelve pobre”, asegura Angela Marulanda. 

Amar a los hijos por sobre todas las cosas, para ponerlos en el primer lugar del corazón y tener presente que no se está criando niños, sino a los adultos en que queremos que se conviertan. 

No hay calidad sin cantidad
“Dejar a los hijos sin nuestro tiempo, para luego darle toda la calidad posible, es como dejar a un niño sin comer durante 3 días y, luego, al cuarto, darle lo que no comió en esos días; lo único que estamos haciendo es indigestarlo. A los chicos los indigestamos de privilegios, de permisos, de regalos, de distracciones, porque todo se lo da en sobredosis para compensar la ausencia. La ausencia no se compensa dando más, sino con tiempo de calidad. Este se logra  poniendo off al celular, off a la computadora y off a la televisión para dedicarnos enteramente a ellos, luego de que no los hemos visto por 4, 8 ó 10 horas. Una fórmula que yo ensayé cuando llegaba a la casa llena de culpas, era botar mi cartera y estar con mis hijos 20 minutos a solas, no solo dándoles besos y abrazos, sino preguntándoles cómo les fue en el colegio, qué pasó con la lección, cómo se sienten… Así me sentía ciento por ciento concentrada en ellos… Debemos desconectarnos del mundo para conectarnos con nuestros hijos”, confiesa esta famosa conferencista. 

Marulanda recomienda no llenarse de cosas innecesarias, ya que fácilmente se puede vivir bien con la mitad de lo que uno tiene. 'Cómo no voy a tener la última cámara digital para los recuerdos de la niña, cómo no vamos a ir a la playa, cómo no vamos a ir al paseo de fin de curso'. Nos  repletamos de accesorios que nos significan una cantidad enorme de gastos;  por eso, nos vemos obligadas a trabajar demasiado, para poder tener una mejor remuneración y así complacer materialmente a los chicos… Pienso que la solución es hacer una lista de prioridades y darle real importancia a eso. De que tenemos que trabajar hoy en día, lo tenemos que hacer, pero cuántas horas al día trabaje es decisión de cada persona. Hay que poner en una balanza las horas que uno pasa fuera de casa versus las que está con los hijos, y reflexionar a conciencia”. 

"La ausencia no se compensa dando más, sino con tiempo de calidad. Este se logra poniendo off al celular, off a la computadora y off a la televisión para dedicarnos enteramente a nuestros hijos".   

El tiempo no se compra 
Una situación común en muchos hogares es caer en la permisividad, ya que como no se pasa suficiente tiempo con los niños, lo que se hace es comprar su afecto. “El amor no se compra, el amor de los chicos se gana. Hay que preguntarse cuál es la verdadera motivación cuando le doy demasiado a mis hijos. ¿Verlos felices? Podremos verlos contentos, pero felices, no. Eso es comprar su perdón por la ausencia. Es darme el gusto de no verlos tristes para yo estar tranquila”, menciona y destaca que la función de los padres es guiar a los hijos por el camino correcto. “Deben pensar por qué les van a dar eso: ¿se lo merecen?, ¿lo necesitan? Ni se lo merecen ni lo necesitan. Dales abrazos y besos, juega, enséñales a andar en bicicleta, conversa, dialoga, ríe, pregúntales sobre sus cosas, así disfrutarán más juntos. Por ejemplo, los pequeños de padres permisivos, lo primero que dicen es: ‘En mi casa no me quieren porque nadie me pregunta qué me pasa'… Dejarle al niño hacer su voluntad, es como decirle ‘no te quiero’, ya que de la permisividad lo único que queda es el remordimiento… Ellos son los tripulantes del barco y  nosotros los capitanes”, concluye.   


10 tips anti-culpas
>> Amar a los hijos por sobre todas las cosas, para ponerlos en el primer lugar del corazón. 
>> Priorizar, priorizar y priorizar. 
>> Separados o juntos, ambos padres deben ponerse de acuerdo en lo que es mejor para ellos. 
>> Estar presentes en su vida el tiempo suficiente, ya que son personas frágiles que necesitan dedicación. 
>> Diferenciar entre lo que necesitan y lo que quieren. 
>> Tener presente que no se está criando niños, sino a los adultos en que queremos que se  conviertan. 
>> Educar con amor y sin golpes. La agresividad es una forma de dominio mal infundada. A los hijos hay que tratarlos con la misma decencia con la que se corrige a un sobrino o al hijo de una amiga. 
>> Dar una sanción cuando su comportamiento negativo se lo merece. 
>> Tomar las decisiones siempre. No dejarse quitar el mando por ellos. 
>> Poner límites y reglas para no dar cabida a la permisividad. 

Angela Marulanda, quien tiene más de 20 años  desempeñándose como educadora familiar.

Una autoridad  regalada
“La autoridad no te la quita nadie, tú la regalas y muchas veces se lo hace por comprar su amor. Los hijos no pueden tener autoridad porque se pierden en el intento de manejarla. Ellos no tienen el criterio para saber qué es lo que está bien o qué es lo que está mal. No saben decidir lo que les conviene por sobre lo que les gusta. De hecho, los padres tenemos la autoridad por edad, dignidad y gobierno, como decían en la antigüedad. Con las experiencias de vida, sabemos elegir lo correcto y ese es nuestro legado para ellos”, enfatiza la colombiana,  autora de 3 publicaciones: Creciendo con nuestros hijos, en 1999; Sigamos creciendo con nuestros hijos, en el  2002; y De la culpa... a la calma, en el 2011.


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Edición # 575 - 11 de julio de 2012

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