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BIENESTAR Sonrisa de arena Huir de la rutina para volver renovada a mi cotidianidad.
Huir de la rutina para volver renovada a mi cotidianidad.


Sonrisa de arena

Sonrisa de arena

Por Verónica Coello M.
Foto: Gianna Ode

Hace poco no podía escribir, los sonidos de mi casa se volvieron ruido y aproveché las vacaciones de mis hijos para invitarlos a pasar un día en la playa; sólo mi hija de diez años aceptó.

Ella, alegre y optimista, me hizo llevar el traje de baño puesto, pese a explicarle que las posibilidades de un día soleado eran escasas. Durante el camino escuchamos música, charlamos del colegio, de nuestros planes a futuro, imaginamos cómo nos veríamos en unos años, planificamos viajes hasta que el sueño la venció y se quedó dormida. Llegamos a Ballenita, donde permanecen intactos los mejores recuerdos de una infancia y adolescencia llena de amigos, paseos en bicicleta, excursiones por la playa, guitarreadas, fogatas, canciones, bolos rojos y fiestas en el extinto club.


Creo que la niñez es la época de la que nunca salimos, siempre seremos el resultado del niño que fuimos. Mi niñez se desarrolló en la playa y cada vez más a menudo, necesito un reencuentro con ella. Cuando el aire se vuelve rancio y siento que las paredes empiezan a acercarse asfixiándome, sé que ha llegado el momento de escapar, huir de la rutina para volver renovada a mi cotidianidad


Apenas llegamos, respiro el aire marino, recorro lentamente sus calles y en cada lugar hay una historia que regresa del pasado para hacerme reír y la lleno de anécdotas a mi hija, pero el hambre puede más y vamos por algo de comer. Una vez listas, con la barriga llena y el corazón contento, bajamos a la playa; ahí es donde empieza la magia. El viento tiene la capacidad de llevarse mis preocupaciones y angustias, la arena donde mis pies se hunden se transforma en un gran masaje relajante, finalmente, el mar me transmite su fuerza y energía. Le pregunté a mi hija si lograba sentir lo mismo, pero ella sólo estaba preocupada en buscar conchitas de colores y jugar conmigo a que la espuma de la ola no nos atrapara para después, entrar hasta que el agua nos llegue a la rodilla (llevamos de todo, menos toallas y hacía demasiado frío como para mojarnos del todo).

Mientras caminábamos se detuvo y me dijo: “¿Te has dado cuenta de que la playa tiene forma de sonrisa?”, y por primera vez logré ver esta gran sonrisa de arena con el mar bordeándola y comprendí por qué soy tan feliz ahí. Es un lugar alegre que me recuerda que para ser feliz se necesita muy poco.

Estuvimos cinco horas caminando toda la sonrisa de arena hasta llegar a las comisuras de roca, metiendo los pies en las pocitas, tomándonos mil fotos y riendo hasta que nos dolió la barriga. Le conté de los pescadores que suelen hurgar entre las rocas para sacar conchas u ostiones que luego venden a los puestos de ceviches; también le enseñé desde la playa algunas casas de amigos de la infancia y el icónico club que estaba de moda cuando yo tenía su edad. Recordé cuando era niña y al finalizar una caminata, subíamos por la glorieta hasta llegar a la calle principal, donde en la primera esquina, había una casa donde vendían galletas de chocolate que mi mamá siempre compraba, para luego sentarnos a ver la caída del sol y finalmente, regresar a casa. 

Ballenita aparenta estar congelada en el tiempo, con su gente sencilla, las mismas casas de cuando era niña, hasta las señoritas de la tienda que frecuentaba están ahí. Al caer la tarde ninguna quería regresar, pero quedamos en volver. Esta vez, la magia fue diferente y mejor, lo mágico fue estar con ella.


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