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GENTE Jean Dujardin: El Artista de la noche Una particular mirada sobre cómo el francés ganador del Oscar a Mejor actor vivió la noche más importante de su carrera.
Por Jorge Suárez Ramírez ¦ Exclusivo para Hogar


Jean Dujardin: El Artista de la noche

Un metro ochenta y dos centímetros de estatura, traje mal cortado, perenne sonrisa, futura calvicie y forzada simpatía crean la imagen con la cual Jean Dujardin, portando el Oscar y sus treinta y nueve años, llega a la sala de entrevistas. En ese mismo lugar, horas antes, la prensa ha reaccionado contradictoriamente: aplausos y abucheos. Es que todos esperaban que el ganador fuese George Clooney.  Lo vaticinaban las encuestas, la portada de la revista Entertainment Weekly, su popularidad y la habilidad histriónica desplegada en Los descendientes. No fue así. El ganador resultó ser el  intérprete de El Artista, un gran desconocido en las Américas, pero de gran popularidad en Francia, donde inexplicablemente- es considerado el George Clooney francés. 

Ha demorado en llegar al tablado y aquel lapso de tiempo ha servido para que todos sepan que al escuchar su nombre, en el Kodak, dejó escapar dos frases: "¡La gran p...!" y ¡Mier...!.  El director del filme, Michel Hazanavicius lo disculpó al decir: No son malas palabras, son expresiones comunes del pueblo francés".  Y por supuesto... nadie tocó el tema. 

Aparentemente, su inglés es limitado, pero guarda el mérito de tener un rostro maleable, elocuente. Los ojos parecen estar a punto de saltar y las cejas se arquean y se juntan al menor chasquido. Si estuviésemos en 1927, se podría afirmar que él representa la esencia de lo que fueron los actores del cine mudo: icónicos, solo que Dujardin los hace irónicos. Es más, él guarda una cierta similitud con Douglas Fairbanks, el héroe de las películas de acción de los años '20, aquellas que se vieron en la Cinemateca de la Casa de la Cultura, Núcleo del Guayas.
 
"No soy un intelectual"
Como es francés, saltan los periodistas galos y los primeros diez minutos no se escucha otro idioma en el gran salón. De pronto, uno de ellos ofrece preguntar en francés y que Dujardin conteste en inglés. Así, para todos, nace la rueda de prensa: 
“Con el éxito logrado, ¿está usted consciente del esfuerzo que le significaría pasar del cine mudo al cine parlante... filmar en Hollywood una película hablada?”. Esboza una sonrisa que permite ver una dentadura irregular, donde los dientes brotan en completo desorden. Finaliza el retozo, abre los labios y repregunta: “¿En los Estados Unidos? No soy un actor estadounidense, soy un actor francés y pienso continuar siéndolo en mi país. Pero es lógico suponer (otra vez la sonrisa) que de existir la posibilidad, haría otro filme silencioso. Sé que siempre seré un actor francés para los norteamericanos, por ello debo encontrar este tipo de roles. Sin embargo,  tengo ideas que bien podrían llevarse a cabo”. 

Levanto mi seis, manteniendo la temática esbozada a Meryl Streep: “¿Cuál fue el proceso que llevó para crear su George Valentín, personaje de El artista? ¿O fue algo distinto a la forma en que usted origina personajes con diálogo?”. 

Su franqueza queda expuesta: “No soy realmente un intelectual, no lo soy. Lo que hice fue ver, observar muchas películas del llamado teatro del silencio: filmes de Douglas Fairbanks, de Gene Kelly. Me divertí mucho pretendiendo ser una estrella cinematográfica de los años veinte”. 

El futuro
"¿Y ahora, qué planes guarda?", añado. "Quizás me otorgue algo más de libertad, pero no deseo cambiar mis instintos, mi situación. Quiero mantener mi buena vida. Para serle sincero, ni siquiera pensé en esta carrera cuando era un chiquillo. Esta es una vida irracional, abstracta pero simpática y va como la vida te lleva. A veces te depara cosas como esta: el Oscar. Pero en el fondo es un camino extraño, absurdo. Aunque siempre deba agradecer el tener una buena estrella, la que siempre alumbró, alumbra mi camino. Ella me dirá que planes me esperan”. 

"Ni siquiera pensé en esta carrera cuando era un chiquillo", dice Dujardin también ganador del César por El Artista. 

Anoto lo expresado y veo levantarse a una diminuta periodista japonesa, de voz tan dulce que –sin ofender– bien podría ser una geisha. Aparentemente tímida, levanta su número diez y pregunta: “¿Qué tan difícil es actuar sin decir palabra alguna?”. Dujardin la mira y pone sus labios en clásico gesto, ese que los parisinos se imponen... toda la boca hacia delante. Por un momento hace recordar a Jean Gabin, gloria del cine francés de los años ‘30. Vuelve a la risa y comenta: “El cine mudo es casi una ventaja. Se piensa, se tiene en cuenta los sentimientos que deben reflejarse. No hay diálogos que lo infecten. Basta una mirada, un batir de pestañas para mostrar una emoción que se está viviendo”. 

La sala queda igual que El artista, muda. Y cual eco llega un sonoro: “¿Qué sintió al ganar el Oscar?”.  La traductora, que está a su lado, repite en francés la pregunta y la respuesta llega en igual forma: “Sentí como si yo hubiese abandonado mi cuerpo. No soy místico, pero durante tres segundos mi cuerpo quedó en su lugar y mi espíritu ascendió. De pronto, ya estaba en el escenario, en la Luna, junto a Natalie Portman, para decir… ‘Amo a su país. Muchos de los personajes que están aquí (en el Kodak) han sido mi inspiración. Es asombroso, increíble, gracias’”. 

En Hollywood, el reloj está marcando las once de la noche. Han sido nueve horas consecutivas de trabajo. Las entrevistas han terminado, queda tan solo narrar las efectuadas a Octavia Spencer y Christopher Plummer.   



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Edición # 572 - 11 de abril de 2012

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