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MALABARES COTIDIANOS Show en vivo Cuando la realidad lo supera todo.
Escritora ecuatoriana


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Mi amiga Claudia es la reina de los planes divertidos: karaoke sufridor, concurso de confesiones vergonzosas sobre exparejas, clases de sushi en casa, etc.

Pero esta semana vino con su cara de cachorro sufridor y me propuso el plan más soporífero de nuestra historia: ¿Me acompañas a una reunión en el colegio de mi hijo? Es que no quiero ir sola.

Ni su cara de cachorro ni su voz dulzona me conmovieron, pero recordé que le debo un favor enorme: hace seis meses ella me presentó a Oswaldo y ese hombre ha sido muy importante para mí. Oswaldo es el técnico de la lavadora que me devolvió la alegría y la paz que había perdido tras dos semanas de ropa sucia.

No pude negarme y la acompañé a la reunión de padres de familia del 7mo grado. 

La reunión, para hablar sobre el paseo de fin de año, la dirigía una maestra joven y entusiasta. Con tono amable llamaba a los asistentes “papitos y mamitas”, diminutivos que a mí me provocan urticaria.

En un comienzo la reunión tuvo un tinte de camaradería. Saludos y sonrisas. Pero entonces una señora tomó la palabra: “Soy la mamita de Jaime Arturo y para el paseo de fin de año sugiero el club social Los Almendros”.

La mamita de Camila Valentina saltó como un resorte, puso gesto de tigre, y le respondió a la otra mamita que a ese club ella va con su familia todas las semanas, y que deberían buscar otra opción.

Otra mamita dijo furiosa que ella se oponía porque un club es un espacio discriminatorio, excluyente y que profundiza en las desigualdades socioeconómicas.

Por el contrario, un papito entusiasmado preguntó si en ese club hay cancha de tenis, y al escuchar la respuesta afirmativa, se ofreció como voluntario para ir acompañado de su compadre el día del paseo.

El papito de Kevin, un señor amante de la naturaleza (de hecho llevaba los zapatos y las uñas llenas de tierra) sugirió un campamento al aire libre junto a un río. Entonces la mamita de Kimberly, con impecables uñas acrílicas, le dijo: “¡Estás loco! En un lugar así podrían ser atacados por animales feroces: lobos, zorros, tigrillos, osos de anteojos, cóndores andinos y truchas”. Salvo por lo de las truchas estaba claro que la mamá de Kimberly estaba atenta a las tareas del colegio.

Un papito sugirió las Islas Galápagos y otro planteó un recinto militar. Uno propuso una cuota de 500 dólares por niño y otro estuvo a punto de darle un puñetazo.

Las opciones iban desde el Parque La Carolina hasta Magic Kingdom; desde un retiro espiritual religioso hasta una discoteca clausurada por el SRI.

Mi amiga Claudia bostezaba y yo estaba feliz, me sentía como en el programa de la señorita Laura o en el de la doctora Polo. Incluso en algún momento quise gritarle “¡desgraciado!” a un papito que dijo que, ante tantos problemas, su hijo no asistiría al paseo.

La reunión terminó y no llegaron a ningún acuerdo. La maestra “ligeramente despeinada” planteó una nueva cita para dentro de dos semanas en la que discutirían, además, el menú de la fiesta de fin de curso.

Imaginé entonces que en dos semanas la bronca sería porque una mamita diría filet mignon y un papito diría chaulafán. 

Cuando mi amiga me dejó en mi casa me  pidió disculpas.

¡Estás loca! Le dije, en dos semanas regresamos a la reunión, no me la pierdo por nada en el mundo.

Después de Oswaldo (el técnico de la lavadora), esta reunión es lo mejor que Claudia ha hecho por mí.


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Edición # 602 - 16 de octubre de 2014

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