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MALABARES COTIDIANOS LA CUOTA Tras veinte años de vida laboral estoy convencida de que el ciclo vital se resume así: nacer, crecer, conseguir trabajo, pagar cuotas, reproducirse, seguir pagando cuotas, morir.


LA CUOTA


Malabares cotidianos

LA CUOTA

Tras veinte años de vida laboral estoy convencida de que el ciclo vital se resume así: nacer, crecer, conseguir trabajo, pagar cuotas, reproducirse, seguir pagando cuotas, morir.

Por: María Fernanda Heredia
Escritora ecuatoriana
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No soy experta en temas financieros pero me temo que a los especialistas se les ha olvidado estudiar un factor transformador de la economía familiar llamado “la cuota”.

La cuota es un fantasma que nos persigue desde el inicio de nuestra vida laboral, no hay manera de esquivarla y todas las personas, incluso las que aparentan cierta normalidad, están contagiadas con el virus.


Me pasó en mi último trabajo, me contrató una empresa y el primer día, tan pronto me presenté, los compañeros me pidieron la cuota para el ceviche de bienvenida. Como era nueva y no quería caer mal, sonreí, abrí la billetera y solté el primer billete que encontré, que también era el único, pero lo saqué con la suficiente solvencia como para ofrecer una imagen de “seguridad y espíritu de equipo”  (recordé que eso fue lo que mentí en la entrevista de trabajo cuando me preguntaron por mis cualidades profesionales).


A los pocos días vino la señora de Contabilidad y me informó con alegría que Yesenia había sido mamá. A continuación me anunció que estaba recogiendo la cuota para comprarle –de parte de todos– un regalito al nuevo bebé que se llamaría Messi Neymar. Yo no tenía idea quién era Yesenia (¡pero sí sabía que un día su hijo le pediría explicaciones en el tribunal de los nombres horribles!), y aunque no la conocía tuve que poner la cuota.


Pasó una semana y entonces la cuota fue para el cumpleaños del jefe. “Hay que comprarle un buen regalo”, aclaró la secretaria por si a alguien se le había ocurrido comprarle en la farmacia una colonia en botella de plástico. Nuevamente abrí la adolorida billetera y solté 15 dólares.


Luego llegó la infaltable compañera que me vendía una tarjeta del colegio de su hijo, para un sorteo para el paseo de fin de año. El primer premio era una tostadora, el segundo un juego de vasos y el tercero un adorno hecho por una habilidosa madre de familia. Diez dólares menos en mi billetera... y la certeza de que me ganaría el horrible adorno de flores de plástico y escarcha.


En este punto ya estaba evaluando el cambiarme de trabajo. Entonces vinieron 3 chicas de Marketing a contarme que le estaban organizando la despedida de soltera a la secretaria. Me pedían 20 dólares para comprarle un regalito sensual, para pagar a Konan -el estríper- y para una pizza. Bueno... al menos lo pasaría bien (lo digo por la pizza).  


Cuando ya iba llegando a fin de mes no tenía más que dos dólares para el taxi. Entonces se me acercó un señor de Recursos Humanos con ojitos pasilleros y pasó a contarme la triste historia de Efraín (no sé quién es), que “usted sabe por la situación que está atravesando” (no tengo ni idea) que ayer compró un smartphone ZXK-TURBO MEGAPIXELES (o algo así) pero se lo robaron en el bus y el pobre tiene que pagar la deuda.


Volteé a mirar mi teléfono cuya pantalla tiene más rayones que una sartén de picantería y las fotos me salen siempre como si las hubiera tomado a las 7 de la noche, borracha y sin flash; y entonces sentí que odiaba a Efraín y a su #$%^@& smarthphone. Entonces recordé que sólo me quedaban dos dólares, abrí la billetera, los saqué y con gesto triunfal dije: “Lo siento, pero, no tengo plata”. Entonces él, ágil y eficiente, tomó los dos dólares y me dijo: Firme aquí, el resto le descuentan a fin de mes.


Tras veinte años de vida laboral estoy convencida de que el ciclo vital se resume así: nacer, crecer, conseguir trabajo, pagar cuotas, reproducirse, seguir pagando cuotas, morir.




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Edición # 608 - 16 de abril de 2015

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