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MALABARES COTIDIANOS Un viaje a la dimensión desconocida. Recuerdo que uno de los momentos más sugerentes de las películas –hace años– era el que ocurría después de la cena romántica, cuando la protagonista al llegar a su casa miraba al galán y lo invitaba a entrar con la clásica frase ¿Te gustaría pasar?
Escritora ecuatoriana


Un viaje a la dimensión desconocida.

Por María Fernanda Heredia
Escritora ecuatoriana

Un viaje a la dimensión desconocida.

Recuerdo que uno de los momentos más sugerentes de las películas –hace años– era el que ocurría después de la cena romántica, cuando la protagonista al llegar a su casa miraba al galán y lo invitaba a entrar con la clásica frase ¿Te gustaría pasar?

Una vez que él accedía y los dos se encontraban en la sala, él servía un par de copas, ella le lanzaba una mirada felina y le decía: “Me voy a poner más cómoda”. Y ese eufemismo quería decir: “¡Agárrate porque voy a salir en pijama!”.

Dependiendo de la época de la película, esa pijama podía ser un vestido largo de aspecto sedoso de los que hoy usan nuestras tías abuelas en el hospital cuando les operan de la vesícula; o bien un minúsculo y transparente baby doll.

Hace poco, al recordar estas clásicas escenas de cine, me di cuenta con cierto desánimo, de que jamás, ¡jamás! Me ha tocado estar en la situación de invitar a un hombre con la frase ¿te gustaría pasar? Yo he tenido que recurrir a otros ardides menos románticos como “Tengo que mover la refrigeradora, ¿me puedes ayudar?”.

Dejé de lado el desánimo cuando caí en cuenta de que no tengo ninguna pijama apta para ese momento cinematográfico. Todas las que tengo entran en las categorías: camiseta suave y entrada en años a la que se le da una segunda oportunidad o pijama gruesa de fibra térmica de estilo NASA o familia Peluche.

Ante tal evidencia, casi ha sido una bendición que no haya tenido que decirle a mi invitado especial “me voy a poner cómoda” y al rato sorprenderlo vestida como una astronauta de felpa.

Cuando se lo comenté a mi amiga Alicia le pareció inaudito, al rato pasó por mi departamento y me llevó a una tienda de lencería sexy.

Al entrar y echar un vistazo rápido me di cuenta de que estaba en el lugar equivocado para mi personalidad poco seductora. Las prendas estaban divididas en lencería sensual, minidisfraces y lencería comestible.

Yo tenía los ojos como dos platos voladores, estaba entrando en la dimensión desconocida. A mi lado había un maniquí de una mujer con un minitraje de enfermera, otro con un baby doll rojo con plumas, y un tercero con una tanga en forma de fresa y un cartelito que decía “¡Comestible! Pregunte por más sabores”.

Volteé a mirar a mi amiga y le dije en tono suplicante ¡Vámonos de aquí, me tiemblan las rodillas! Ella me ignoró y pidió ayuda a la vendedora; me sentí tan incómoda como si mi mamá me acompañara a la cita con el ginecólogo. “Necesitamos algo sexy para mi aburrida amiga que duerme con calentador”. La miré con odio e indignación, no porque me llamara aburrida, ¡sino por lo del calentador!

La vendedora me sugirió tres opciones: un baby doll transparente de encaje negro, uno con tela de tigre y plumas, y un minidisfraz de Batichica. Ante las tres alternativas, el calentador me pareció una maravilla.

Alicia me presionaba con la mirada, la vendedora –obedeciendo a sus técnicas de persuación al cliente– me auguraba una transformación sorprendente en mi vida íntima. Y yo solo cruzaba los dedos para que nadie más entrara en la tienda.

Salí de allí con el baby doll negro de encaje mientras Alicia me decía “Ya no me mires con esa cara, tarde o temprano me lo vas a agradecer”.

Al subir a mi departamento y en un acto de curiosidad decidí probármelo.

La carcajada nos duró media hora y a mí el salpullido dos días (soy alérgica a los encajes).

Creo que lo más aconsejable será que siga utilizando mi vieja camiseta blanca y mi probada técnica de “¿Puedes venir y ayudarme a mover la refrigeradora?”.


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Edición # 613 - 17 de septiembre de 2015

Malabares Cotidianos

Un viaje a la dimensión desconocida.

Recuerdo que uno de los momentos más sugerentes de las películas –hace años– era el que ocurría después de la cena romántica, cuando la protagonista al llegar a su casa miraba al galán y lo invitaba a entrar con la clásica frase ¿Te gustaría pasar?

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