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MALABARES COTIDIANOS El mejor lugar del mundo ...el mejor lugar del mundo es la mesa de la casa de mis papás. ¡No veo la hora de que estemos todos juntos y revueltos!


El mejor lugar del mundo

Por María Fernanda Heredia

Cuando tenía 5 años estaba segura de que el mejor lugar del mundo era la mesa del comedor de mis papás. Más específicamente, debajo de la mesa del comedor. Mis hermanas y yo teníamos tres Barbies y, en vista de que mis papás no habían podido comprarnos la lujosa casa que estas sofisticadas muñecas merecían, decidimos que el lugar idóneo para construir una vivienda era debajo de la mesa. Con la ayuda de unas cajas de zapatos, una cobija de tigre que hacía las veces de alfombra persa y otros elementos, dimos forma a este departamento tipo loft, con luz indirecta (que logramos gracias a un tijeretazo circular en el costado del mantel). Ese era el mejor lugar del mundo y ahí pasábamos largas horas jugando.
Fui creciendo y un día me di cuenta de que el mejor lugar del mundo era la casa de mis abuelos en Latacunga. En ningún lugar fui más libre y feliz, tenía las rodillas despellejadas, los cachetes colorados y el corazón a mil. Ahí tuve mi primera mascota: un pollito al que le puse el nombre de Peluche. Peluche se hizo adulto y se convirtió en un adefesio horrible con el cuello desplumado y pinta de delincuente, al que nos comimos en el cumpleaños de un tío (yo no lo supe hasta años más tarde). Pero bueno, guardo el lindo recuerdo de su infancia y de la mía.
A los 15 años supe que el mejor lugar del mundo era el patio del colegio, donde me juntaba con mis amigas de copetes pronunciados, para hablar de esos temas trascendentes que inundaban nuestros profundos diálogos juveniles: chicos, fiestas, chicos, fiestas. 
Cuando tuve mi primer novio supe que el mejor lugar del mundo era cualquiera, a media luz o en penumbra, donde pudiéramos estar a solas. El primer amor tiene la capacidad para adormecer a una buena cantidad de nuestras neuronas, y así llegamos a pensar que junto a esa persona cualquier lugar se convierte en un sitio mágico, incluso una hamburguesería grasosa o un autobús atestado de gente y olor a sopa, donde él nos toma de la mano por primera vez.
Me hice adulta, un día me endeudé hasta las próximas tres generaciones y me fui de viaje a Europa. Ahí, debajo de la torre Eiffel, con los pies destrozados de tanto caminar, rodeada de ciento cincuenta mil turistas con cámaras de fotos y filmadoras, pensé que había llegado al mejor lugar del mundo.
Hoy tengo 45 años y ha llegado diciembre. Ya mi mamá llamó a cada hija y a cada nieto para recordarnos que la cena de Navidad será, como siempre, en su casa. Ya se han dado las primeras opiniones divergentes (léase broncas) entre los que piden pristiños y los que piden buñuelos como postre. Ya ha habido los primeros roces en cuanto al horario de la convocatoria, las casadas dicen que llegarán más tarde porque deben pasar antes por casa de sus suegros y las solteras pedimos que se organicen mejor. Ya ha habido las primeras escaramuzas entre quienes compramos kilos de dulces para los sobrinos, y quienes sacuden sus manos al cielo diciendo que los dulces les provocan dolor de barriga. Mi papá alista el disco de villancicos que pronto cumplirá cien años. Mi mamá ya ha sacado todas las figuritas del pesebre que, curiosamente, incluye un Mickey Mouse, un Little Pony y un Minion. 
La casa se llena de ángeles, de renos y luces. Yo marco la fecha en la agenda y después de tanto camino recorrido tengo una certeza muy parecida a la que tuve hace 40 años... el mejor lugar del mundo es la mesa de la casa de mis papás. ¡No veo la hora de que estemos todos juntos y revueltos!



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Edición # 616 - 14 de diciembre de 2015

Malabares Cotidianos

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