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MALABARES COTIDIANOS Febrero movedizo Kit de emergencia para el mes del amor.


Febrero movedizo

Por María Fernanda Heredia
Escritora ecuatoriana

El viernes, cerca de la medianoche, recibí una llamada de mi amiga Isabel. “¿Estabas dormida? Necesito hablar”, me dijo.
Efectivamente estaba dormida, los primeros bostezos me invaden a las nueve, y máximo una hora después ya me encuentro soñando cosas apasionantes, como por ejemplo que voy a la oficina en calzones.
“No, no estoy dormida –le mentí, sin lograr poner en marcha mi cerebro– qué te pasa”.
“Alberto se fue”, dijo ella.
Yo estaba tan atontada que no recordaba si Alberto era su novio, su hijo o el técnico de la lavadora. Para cualquiera de los tres casos exclamé “¡No puede ser, qué pasó!”.
A continuación me contó la última pelea con su marido y la noté tan afligida que no pude evitar preguntarle ¿Quieres que vaya a tu casa? Ella contestó que sí. Antes de salir de la mía, cargué en un bolso el kit completo para la ocasión: una botella de vino, pañuelitos de papel, música de José José por si queríamos llorar, música de Pitbull por si preferíamos no pensar, y un libro de refranes y frases célebres por si se me agotaban las infalibles “No hay mal que por bien no venga” o “Si se marchó, sin un adiós, que se vaya, que se vaya”.
Cuando llegué la encontré entera, aunque escasa de rímel. Odio febrero –me dijo– Alberto me ha dejado en el mes de San Valentín.
Te entiendo –le contesté–, yo odio febrero, mayo y octubre (bajo el mismo criterio de efemérides, a mí me han dejado por San Valentín, por la Batalla de Pichincha y por el Descubrimiento de América).
Nos sentamos y escuché su historia, me la contó tres veces. Transitaba “como suele suceder” por sentidas frases de amor “¡Es que lo amo, lo amo!” a otras menos románticas “¡Es un gusano, un gusano!”.
Yo la escuchaba y no sabía qué más hacer o qué decir.
Soy un desastre como consejera sentimental, la única vez que le di a una amiga mi opinión fue hace años, y le dije: “Qué bueno que terminaste con David, no merecía una mujer como tú, él es insustancial, vago, tiene encías moradas y auto tuneado”. Todo eso era verdad, pero dos semanas después mi amiga perdonó a David y a los pocos meses se casaron. Como es obvio, la invitación no me llegó. Al menos aprendí la lección.
Soy mala dando consejos y también lo soy escuchándolos. Hace años, tras una ruptura, mis amigas me dieron todo tipo de recomendaciones: “Pasa la página”, me decían las más prácticas. “Un clavo saca otro clavo”, me decían las que querían presentarme a toda la ferretería. “Olvida su nombre, su cara, su casa y pega la vuelta”, me decían las del karaoke. “¡Vámonos de discotecas!”, me decían las que dicen eso con cualquier pretexto: ruptura, cumpleaños, baby shower, etc. “Contrata a alguien para que le dé un buen susto”, me decían las que veían telenovelas de narcos. Al final no hice caso a ninguna, solo atiné a esperar que la tristeza se diluyera a su propio ritmo.
Pasé toda la noche en casa de mi amiga Isabel como lo hizo ella conmigo hace años. No intenté ninguna frase ingeniosa ni consejo repleto de sabiduría. A ratos sollozábamos, a ratos nos quedábamos en silencio, y a ratos yo le contaba mi reiterado sueño angustioso en el que voy a la oficina en ropa interior.
Soy mala para hablar, pero a veces soy buena para estar, para compartir pañuelitos y algún abrazo.
Pese a toda la parafernalia de San Valentín, febrero suele ser, para muchas personas, un mes malo para el amor. Por suerte a la amistad le importa un rábano el calendario y  siempre está lista para celebrar a su manera.


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Edición # 618 - 01 de marzo de 2016

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