Síguenos en:
facebook twitter
MALABARES COTIDIANOS Alerta, pueden estar en cualquier parte. Admiro a la gente capaz de sobrellevar los pequeños dolores cotidianos.


Alerta, pueden estar en cualquier parte.

Me refiero a los dolores de todos los días, esos que nos recuerdan que aunque somos seres maravillosos de la creación, también somos seres imperfectos y a veces brutos. 
Creo que el ser humano inventó las palabrotas no necesariamente para hacer uso de ellas en el estadio o en el tráfico. Inventamos las palabrotas para momentos de desazón como cuando caminamos descalzos por la casa, y el dedo meñique del pie se estrella violenta e inesperadamente contra la pata de la cama. 
O para esas circunstancias inevitables, cuando la gentil enfermera pronuncia la frase falaz de “un pinchacito nomás va a sentir”, o para cuando el odontólogo enciende el torno (ese minúsculo taladro infernal), y lo acerca al nervio de tu muela, con la promesa de “no te va a doler”.
Admiro a la gente valiente que solo dice “ay”, y después se chupa el dedo, cuando se corta con una hoja de papel. Estoy convencida de que la sociedad está en deuda con los millones de mujeres que mes a mes soportan con estoicismo el dolor enceguecedor de la depilación con cera.
Yo no sirvo para disimular cuando me quemo con la plancha, cuando me remuerdo el dedo en un cajón, ni cuando un zapato de taco 12 me arruina la fiesta. Soy de las que llora, grita y –eventualmente– deja escapar alguna frase aprendida en mis innumerables desplazamientos en transporte público (aunque se escandalice mi mamá).
Por eso, y ante la certeza de mi intolerancia ante ciertos dolores, intento ir por la vida con los ojos bien abiertos y sin correr demasiados riesgos. Aun así, soy consciente de que nadie está libre de una dolorosa sorpresa.
Hace unos días, por mi cumpleaños, recibí algo especial, una amiga me invitó a un masaje relajante en un spa. La tarjeta de regalo que me había comprado traía un mensaje lindo en letras doradas: “Te lo mereces”. Sin pensarlo dos veces llamé, reservé y llegué puntual. Allí me explicaron que podía elegir entre un masaje relajante de espalda, o un masaje reductor en cintura y cadera.
¿Duelen?, pregunté enseguida, porque esa es mi pregunta habitual a cualquier lado que voy; incluso si voy a tomarme un helado pregunto si me dolerán los dientes.
La amable señorita dijo que no y que yo podría guiar a la masajista en cuanto a la presión de sus manos. Por dármelas de novelera y porque reducir medidas me sonó interesante, elegí el reductor. 
Me desvestí y me recosté en la camilla, mientras una agradable música relajante y un aroma a canela invadían el lugar. 
“Me lo merezco” me dije a mí misma utilizando la voz interna (con eco) que uso cuando quiero darle un tono épico a mi vida.
La gentil señorita entró, me dio la bienvenida en un tono suave, y durante 10 minutos me pellizcó, me amasó y me machacó con sus puños en cada sector de mi cuerpo donde, según ella, había grasa. Debo estar forrada de grasa como una foca, porque no quedó un centímetro a salvo. Si hubiera entrado voluntariamente a una licuadora me habría dolido menos.
El masaje debía durar 45 minutos, pero yo claudiqué a los 10. Salí de ahí como si me hubiera metido en pelea de perros y quería llorar.
A veces hago cosas que escandalizarían a mi mamá, y esta es una de ellas: Elaboré una lista con todas las personas que alguna vez me provocaron dolores (los del alma) e imaginé lo fantástico que sería enviarles una tarjeta de regalo para un masaje reductor, con un anónimo mensaje de “Te lo mereces”.


Páginas: 1


Edición # 619 - 21 de marzo de 2016

Malabares Cotidianos

Alerta, pueden estar en cualquier parte.

Admiro a la gente capaz de sobrellevar los pequeños dolores cotidianos.

Leer más

sociales

Aquí y ahora

Por una mujer…

Dicen que Evo se ha caído, por una mujer… No es cierto, les voy a contar por qué.

Leer más

sociales

Orientación

Encuesta

Para mantener tu cuerpo en forma, prefieres:

Realizar una dieta rápida.

Salir a correr al parque con unas amigas.

Acudir una hora diaria al gimnasio.

No comer en exceso.