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MALABARES COTIDIANOS El tijeretazo Todos hemos sido principiantes alguna vez.


El tijeretazo

Fui a la peluquería y pregunté por Ruth, la peluquera que siempre se encarga de devolver la armonía a mi cabello cuando le da por hacerse el insubordinado. Supe entonces que Ruth se encontraba de vacaciones y no regresaría hasta dentro de un mes. Como el resto de peluqueros estaba atendiendo a otros clientes, me propuso una larga espera, o la opción de que me atendiera Johnny, un chico muy joven, de ojos asustadizos, con el cabello cortísimo, con puntas rubias y azules, que acababa de ser contratado. No voy a negar que su juventud me hizo dudar, me inquietaba ponerme en manos de un inexperto. Lo vi y, pese a su corte puntiagudo y con mechas anárquicas,  me di cuenta de que estaba nervioso y pedía a gritos una oportunidad. En su rostro casi infantil había ilusión, ganas de demostrar de lo que era capaz. Me vi a mí misma, cuando tenía su edad, esperando que alguien me diera la oportunidad. A mi primera entrevista de trabajo asistí con zapatos de mi mamá y taquicardia. Me peinó mi hermana mayor. Mi currículum, escrito con letra Times de 16 puntos, ocupaba media página. La foto de carnet parecía extraída de los archivos de la Policía Judicial y al decir mi nombre se me escapó un gallo. Tenía un título poco rimbombante: Técnica Superior en Diseño Gráfico. Idiomas: uno y con limitaciones. “Pero tengo ganas de aprender”, le dije al señor de Recursos Humanos en tono de súplica.  Johnny, ese peluquero casi niño me recordó a mí misma.  Suspiré, sonreí y le dije: “Bueno, Johnny, sé que lo vas a hacer bien, sólo recórtame las puntas”. Me senté y, mientras él me cubría con la capa impermeable, sentí algo especial en el corazón. En mi cabeza escuché la canción de Rocky y me di cuenta de que le estaba dando la oportunidad a un joven para que ganara experiencia en su carrera, quizá algún día sería un gran estilista, ¡el mejor! Y yo habría aportado para que ese sueño se cumpliera. ¡Qué buena soy!, me dije en silencio. Aún no había terminado este momento de reflexión cursi y empalagoso, aún sonaba el tema de Rocky en mi cabeza, cuando vino el primer tijeretazo y me di cuenta de que algo andaba mal. Muy mal. El mechón que cayó al piso era demasiado largo. Si recurrimos al sistema métrico decimal diré que medía alrededor de 7 cm. Si acudimos al sistema de medición habitual de una peluquería ¡eso equivalía, al menos a 4 dedos! Abrí los ojos como dos faros y Johnny me miró pálido por el espejo. “¡Solo las puntas!”, repetí aterrorizada. Veinte minutos después, cuando me retiró la capa, Johnny y yo lucíamos en el espejo como dos gemelos idénticos, pelos puntiagudos y mechas absurdas. Sentía la nuca fría y ausente de cabello. Cinco minutos más y habría quedado lista para la conscripción. Quería llorar, quería darle un golpe (estilo Rocky), quería que lo echaran y que fuera a prisión de por vida. Pero nuevamente vi sus ojos asustadizos, tan parecidos a los míos cada vez que metí la pata en mi primer trabajo (y en el segundo y en el tercero). “Le queda muy bien, parece Miley Cyrus”,  mintió Johnny angustiado y se le escapó un gallo. No quise decirle que tengo la edad para ser la abuela de Hannah Montana y que, además, su cabello me parece horrible. ¡Cuántos clientes perdonaron mi inexperiencia, cuántos supieron tolerar mis errores de principiante! Ojalá mi cabeza haya servido para que Johnny gane experiencia. Salí trasquilada y tarareando la música de Rocky… en la peluquería y en el cuadrilátero no siempre se gana.


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Edición # 620 - 11 de abril de 2016

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