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MALABARES COTIDIANOS El terremoto nos recordó quiénes somos. No sé cuántos años –por lo menos ocho– ella se pasó repitiendo como en una larga perorata sus instrucciones: “Saluda”, “Di gracias”, “Se dice por favor”, “Antes de cruzar mira a ambos lados”.


El terremoto nos recordó quiénes somos.

El terremoto nos recordó quiénes somos.

Por María Fernanda Heredia
Escritora ecuatoriana

No sé cuántos años –por lo menos ocho– ella se pasó repitiendo como en una larga perorata sus instrucciones: “Saluda”, “Di gracias”, “Se dice por favor”, “Antes de cruzar mira a ambos lados”.

A medida que yo iba creciendo, las instrucciones sufrían alguna modificación y con cierto cansancio, quizá resignación, yo escuchaba sus típicas normas: “No pelees”, “Cuida a tu hermana”, “Levántate... no te quedes ahí llorando”, “No digas mentiras”, “Ayuda a la abuelita”.

Un día me convertí en adulta, la vida se fue complicando, los dolores se hicieron mucho más intensos que los raspones en las rodillas, y hoy, a mis 46, cuando pareciera que tengo respuestas para casi todo, ella aún me dice aquella frase que ante cualquier tropiezo me devuelve la calma: “No estás sola. Aquí me tienes”. 

Saber que ella siempre está, es mi escudo más poderoso.

Este mes de mayo pienso en mi madre, claro, en su presencia portentosa en mi vida, en el amor más extraordinario que conozco, pero no puedo tomar distancia de lo que hace unas semanas ocurrió en Ecuador. El 16 de abril un terremoto nos arrebató más de 600 vidas y nos estremeció en escalas de dolor que aún no se han inventado.

Minutos después del sismo, cuando aún el polvo no se había asentado, algo le ocurrió al país. Algo que poco a poco vamos desentrañando. Algo inmenso.

La gente joven, la gente mayor, los niños, todos dejaron lo que estaban haciendo y decidieron moverse. Una fuerza mayor a 7.8 grados nos desplazó varios metros más allá. De mano en mano, las latas y las botellas de agua iban pasando hasta llenar los camiones que luego emprendieron camino llevándose retazos de nuestro dolor, de nuestra angustia, de nuestros abrazos rotos.

No hubo lugar del país que quedara intacto, la tierra se nos metió en los ojos y nos hizo llorar, nos removió el alma, nos sacudió la conciencia, nos resquebrajó la cáscara de la memoria y nos recordó quiénes somos.

No sé cómo llamar a lo de antes: ¿anestesia, letargo, embotamiento?  ¿Miedo? Fuera lo que fuera aquello que antes nos mantenía aturdidos, el despertar fue evidente. Y todo lo que un día nos enseñaron las madres en la casa, mientras ellas planchaban y nosotros hacíamos los deberes, todo eso cobró sentido y se hizo poderoso. 


Ellas nos enseñaron a ser personas. Nos recordaron, –mientras nos secaban las lágrimas con el pañuelo que sacaban del puño de la blusa– que si te caes debes levantarte. Nos enseñaron a no mentir. A pedir las cosas por favor y a ser agradecidos. Nos dijeron que es importante respetar a los mayores, y también nos enseñaron a cuidarnos entre hermanos.

Cuidarnos entre hermanos...

Cuánto nos ha dolido el mes de abril que se fue. Cuánto nos seguirá doliendo en mayo y en los meses que vengan.

En esta tragedia, que ha sido también un despertar a la conciencia, Manabí puso los hijos, nada de lo que les devolvamos equiparará la pérdida. Al menos sigamos intentando ser esas personas que nuestras madres pretendiéramos que fuésemos, y sigamos honrando esa frase que ellas nos enseñaron: No estás solo. Aquí me tienes.



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Edición # 621 - 02 de mayo de 2016

Malabares Cotidianos

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