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TURISMO Marruecos mágico y misterioso De la costa soleada, pasando por regiones áridas con sorprendentes oasis hasta el infinito desierto del Sahara, esta es la travesía de una semana por coloridas tierras del norte africano.


Marruecos mágico y misterioso

Texto y fotos: Alexandra Zurita Andrade | azurita@vistazo.com

EN EL 2005, durante unas vacaciones en Barcelona, España, intenté viajar a Marruecos, pero la vida me llevó hasta el vibrante Portugal, que si bien me dejó buenos recuerdos, no borró mis deseos de llegar a tierras marroquíes. Hace poco se dio la oportunidad y, tras aventurarme por Andalucía, finalmente me encontré en Algeciras, el punto más extremo al sur de España al que solo 14 kilómetros lo separan de Marruecos. Luego de atravesar el estrecho de Gilbraltar en ferry, llegamos a Ceuta, un pedacito del país ibérico en Africa, de 19 km2, con muchas tiendas de moda y 80 mil habitantes. En pocos minutos cruzamos la frontera y yendo por una carretera que bordea la costa empezamos a adentrarnos en Marruecos sin siquiera imaginar lo que nos esperaba.

La ciudad real
A Marruecos se puede llegar también por avión, en vuelo directo desde Madrid, Barcelona o Sevilla hasta Marrakech, Casablanca o Fez. Sin embargo, conocerlo por tierra permite descubrir lo que los libros nunca revelan: los rostros de su gente y la personalidad de su tierra… Este viaje nos llevó de norte a sur y de sur a norte, desde la costa bañada por el mar, pasando por las cumbres nevadas del gran Atlas con bosques de cedros y cascadas, hasta las zonas del desierto del Sahara en los que se descubren los fantásticos oasis llenos de palmeras. Después de varias horas de camino en que pasamos por Tánger y Azilah, llegamos a Rabat ya entrada la noche. Esta es la capital del Reino de Marruecos, donde está la residencia oficial del rey Mohamed VI y la sede de gobierno. A la mañana siguiente conocimos el gran Palacio, pero el Mausoleo de Mohammed V es lo realmente impresionante. Este monumento fue mandado a construir por Hassán II, en 1961, para albergar los restos de su padre, una mezquita y una biblioteca. Al ingresar, uno siempre se encontrará con un imán leyendo el Corán y una guardia especial custodiando el lugar y, al salir, es imposible no ver la Torre Hassán de 44 metros de alto que se encuentra de frente y que es la marca indiscutible de Rabat. La kasbah de los Ouidaias y su Cafetín, así como la medina también merecen ser visitados.

“Siempre nos quedará París”
Esa misma tarde nos esperaba Casablanca. Y la advertencia fue inmediata: quitarse de la cabeza la idea romántica que uno tiene por la famosa película, que ni siquiera fue filmada allí. Y es cierto. Casablanca es una ciudad industrial que ha crecido frenéticamente por las múltiples oportunidades de trabajo que ofrece. Es una ciudad moderna; sin embargo, la gran Mezquita de Hassán II hace que nos detengamos un momento allí. Asentado sobre el agua, este templo tiene 20 mil metros cuadrados de extensión, un alminar de 200 metros de altura y una sala de oración que alberga hasta 25 mil fieles. Si se está en Casablanca, hay que visitar el Parque de la Liga Arabe y el Parque Yasmina, la Plaza Mohammed V con sus fachadas de inspiración andalusí, y las fachadas art déco de la avenida Mohammed V.

Y aunque nunca se encontrará ni el rastro de Humphrey Bogart o Ingrid Bergman por las calles de Casablanca, sí se puede ir hasta el Rick’s Bar o el Blue Parrot Bar, dos bares frente a la plaza principal que recrean el famoso lugar al que iba el protagonista del filme y que fueron construidos por la gran cantidad de turistas que pedían conocer el inexistente sitio. Para algunos, la ciudad tiene su encanto, pero coincido con Rick Blaine (personaje principal de la cinta): “Siempre nos quedará París”. Por suerte.





La Torre Hassán junto al Mausoleo de Mohammed V es un símbolo de la ciudad de Rabat.
Locura y diversión
El paso rápido por Casablanca se justifica para llegar lo antes posible a Marrakech. Lo hicimos ya en la noche y tras la cena dimos un paseo en calesas (carrozas haladas por caballos) que nos llevó por las principales calles de la ciudad, desde lo moderno hasta lo antiguo, pasando por la fascinante plaza Djemaa el Fna, una de las más concurridas de Africa y el mundo. Marrakech posee muchos monumentos que son patrimonio de la humanidad y salimos temprano en la mañana para conocerlos. Después de visitar la Mezquita Koutubiya (realmente, apreciarla desde fuera, pues como en otras, está prohibida la entrada a los no musulmanes), el Palacio Badi y la medina, volvimos a la gran plaza Djemaa el Fna para redescubrirla con la luz del día. Allí estaba la extraña mezcla de gente que compra, vende, cambia, busca… los encantadores de serpientes, las adivinas, los curanderos, los dentistas que sacan muelas con una rústica tenaza y sin anestesia (ni higiene básica), los ciegos, los mendigos, las vendedoras de sopas, los boxeadores y los comerciantes de dvd’s piratas. Hay de todo. Y después de pasear por allí, hay que ir a los zocos (mercados) y comprar por lo menos una cosa. No importa si son zapatos, vestidos, collares o artesanías, lo importante es formar parte del arte del regateo, tan propio de esta cultura. No hacerlo es una ofensa para el vendedor. Un consejo: tener un poco de tiempo y bastante paciencia. Por la noche se puede acudir a una de las famosas “fantasías”, una fiesta tradicional antigua, símbolo del folclore del sur de Marruecos. El mejor show es en Chez Ali, donde además se puede cenar. Para los que prefieren una comida nocturna más tranquila, está cualquiera de los restaurantes del prestigioso Hotel La Momounia, al que Winston Churchill llamaba “el lugar más delicioso del mundo”. Centros comerciales de lujo, tiendas de grandes marcas en su zona moderna y enormes construcciones han hecho de esta la ciudad más internacional de Marruecos, en la que famosos como Madonna, Brad Pitt, Angelina Jolie, Naomi Campbell, entre otros, pasan sus vacaciones.





En Casablanca la gran Mezquita de Hassán II es impresionante. Su alminar tiene 200 metros de altura y su sala de oración alberga hasta 25 mil fieles.
Arenas del desierto
Al dejar atrás el palmeral de Marrakech, se posa frente a nosotros un paisaje árido de montañas que albergan pequeños pueblos bereberes que parecen extenderse hacia los abismos. Pasamos por Ait Ben Haddou, un poblado con los estudios de filmación donde se han rodado cintas como Lawrence de Arabia, La última tentación de Cristo, Gladiador o El regreso de la momia. El día nos trae largas horas de camino, en las que atravesamos el fortificado pueblo de Ourzazate y las Gargantas del Todra, un impresionante desfiladero rocoso que se eleva a casi 200 metros de altura. Por los caminos también podemos ver a la gente, en especial mujeres con sus atuendos largos y envolventes llevando la carga de alimentos a su hogar. Las que visten de negro absoluto son las que pertenecen al desierto, las de trajes coloridos, a los oasis.





Es necesario pedir permiso antes de fotografiar a la gente, pues muchos creen que la cámara robará su alma.
Esta es quizás una de las partes más emocionantes del viaje, pues nos encontramos en pleno desierto del Sahara. A bordo de unos 4x4, la experiencia de cruzar el inmenso desierto deja perplejo a cualquiera. Parecería que no hay horizonte y es difícil entender que los conductores sepan hacia dónde ir en un lugar sin carreteras ni señalización. De pronto, el escenario cambia y es como en las fotos: mucha arena de tono salmón, hombres con túnicas y ¡camellos! Dejamos los asientos de los jeeps por las jorobas de estos animales, bastante seguros, para seguir recorriendo el desierto, guiados por bereberes auténticos, jóvenes nativos que viven en medio de esa nada y que han hecho de esta actividad su medio de sustento. Sin ninguna educación formal, son grandes conversadores y aunque su lengua es el bereber y el árabe, todos hablan inglés, francés, español, italiano, alemán, portugués y hasta japonés. Una “hora camello” después y ya de noche, vemos a lo lejos una luz y nos dirigimos a ella. Ahí nos esperaban otros bereberes con platillos tradicionales, preparados en ollas de barro. Tuvimos una cena al aire libre, bajo coloridas tiendas, que se convirtió en una armónica fiesta al ritmo de los tambores, con el desierto como escenario y la luna como única testigo.





El paseo en camello, atravesando el desierto del Sahara, es una experiencia fascinante que termina con una increíble fiesta nocturna al aire libre.
La gran medina
Pese al cansancio de muchos y la resaca de algunos, salimos muy temprano en la mañana hacia Fez. Atrás quedaban las zonas nómadas y los oasis que de vez en cuando hacían su aparición. En la tarde llegamos a la ciudad más antigua de Marruecos, considerada la capital religiosa, intelectual y artesanal del país. Fez tiene tres áreas muy bien diferenciadas; pero sin temor a equivocarme, la zona de Fez el Bali es la mejor. Considerada patrimonio de la humanidad, es, simplemente, un refugio de la Edad Media en el siglo XXI. Su medina es la más grande del norte de Africa con más de 200 kilómetros de calles y callejuelas a las que no puede acceder ningún vehículo. Aquí solo pasan personas y burros. Es un gran laberinto de estrechos caminos, sin nombre ni número, donde se asientan barrios en los que aún se conservan oficios que han desaparecido en otras partes del mundo. Quienes viven en la parte moderna de Fez nunca van a la medina porque se perderían y, quienes habitan en su interior, tampoco salen a la ciudad porque también se perderían. Desde ese momento nos acompañan dos guías y dos guardianes pertenecientes a la medina y el consejo que se repite es nunca separarse del grupo. Escondidos en las estrechas calles, nos encontramos con increíbles artesanos que trabajan en madera, bronce, latón, cuero; con hábiles mujeres que bordan las antiguas mantelerías; y con expertos farmacéuticos que conocen los más importantes secretos de la medicina natural. Aquí es imposible no dejarse tentar por alguno de los productos que ofrecen. Yo “pequé” con unas babuchas (zapatos tradicionales del mundo musulmán), unos chales finamente trabajados y un gran anillo de plata con turquesas. Las que no le temían al sobrepeso del equipaje se arriesgaron con teteras y platones de cobre, vestidos y manteles bordados, bolsos de cuero, enormes collares y mucho más. Entre tanta gente se descubren de pronto hermosos edificios como el Bab Bougeloud, la madrasa Bou Inania –la escuela coránica más importante de Fez–, la Tumba de Mouley Idriss –un santuario de peregrinos– y la Mezquita de los Andalusíes. El ritmo frenético de la medina puede enloquecer a cualquiera, por eso hay que ir a el Borj, para una tranquila vista panorámica de la agitada medina, mientras cae la noche y las luces se van encendiendo. A la mañana siguiente emprendemos el regreso a España. La tarde nos deja ver un sol color naranja que se esconde tras las nubes con el mismo misterio del país que vamos dejando atrás. Ahora, Sevilla nos espera. Un par de horas después de haber dejado el ferry nos enteramos de que en las llantas de nuestro bus venían escondidos dos jóvenes marroquíes que pasaron la frontera ilegalmente. Dicen que al ser sorprendidos
salieron corriendo y se perdieron entre unos árboles. Nunca los vi, así que no sé si fue cierto o tan solo una historia más del mágico Marruecos.





Las estrechas calles de la me¬dina de Fez albergan miles de negocios de coloridas artesanías, alimentos y todo lo que forma parte de la vida de una ciudad.
Imperdibles
>>La cocina marroquí es deliciosa. No se puede salir del país sin haber probado el Tajin (guiso de carne, pollo, pescado o verduras), el cus-cus (una especie de sémola a la que se le añade alguna carne y es tradicional los viernes), las brochetas (carne aderezada con especias) y el mechoui (cordero asado).
>>Las frutas, especialmente los dátiles del Tafilalet, y los dulces hechos a base de miel, almendras, pasas y otros frutos secos.
>>El té de menta, que es la bebida más conocida del país y el primer gesto de hospitalidad al llegar a una casa. Jamás debe ser rechazado.





Babuchas, calzado típico árabe lleno de color.
Lo que debes saber...
>>Toma únicamente agua embotellada y nunca pongas hielo en las bebidas.
>>Evita la ropa provocativa y nunca entres a una mezquita.
>>Antes de tomarle fotos a alguien, pídele permiso. Muchos temen a las cámaras, pues piensan que estas robarán su alma.
>>La moneda utilizada es el Dirham que equivale a 0.10 euros. El dinero solo debe ser cambiado en bancos y locales autorizados. Además, siempre debes dar uno o dos dirhams de propina.
>>Siempre escucharás decir In sha’llah (Si Dios quiere) y Yala yala (Vamos, vamos). Para dirigirte a los taxistas y camareros di Sadiki (Mi amigo).
>>La mezquita es el lugar para la oración; el alminar, la torre desde donde se llama a la oración; la medersa o madrasa, la escuela coránica; la kasbah, donde habitan las familias numerosas; y la medina, la parte antigua de la ciudad.



Edición # 561 - 05 de mayo de 2011

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